
El temblor de un instante, la ola se rompe en ecos hasta volverse silencio y nos aferramos a breves fragmentos que deseamos convertir en eternidad. Levantamos monumentos para sobrevivir a nuestro aliento, tallamos promesas en el aire y fingimos que el viento no las esparcirĆ”. Pero la permanencia es un delirio ingenuo, un faro que pintamos sobre la niebla cambiante. Anhelamos anclas, pero nos ahogamos en el peso de sus ilusiones.
Somos arquitectos de arena, componiendo sinfonĆas para la marea. Nuestras manos moldean ciudades, amores, legados; tan fugaces como el aliento sobre el cristal. Y, sin embargo, nos duele creer que nuestros puentes se derrumbarĆ”n, que el jardĆn que sembramos en abril no recordarĆ” nuestro nombre en diciembre. Porque la tierra olvida. Las estaciones deshacen las huellas. Y nos engaƱa nuestra arrogancia: esos instantes mĆ”gicos en los que tatuamos nuestro nombre serĆ”n recuerdo al amanecer y olvido unas lunas despuĆ©s.
En nuestro miedo, nos blindamos con rituales: el cafĆ© de la maƱana, la puerta con llave, las promesas que bordamos en el cielo. Ansiamos un guiĆ³n donde somos autor y hĆ©roe, pero la trama gira, la tinta se corre y terminamos ensayando diĆ”logos para una obra que nunca existiĆ³. ĀæPor quĆ© tememos lo efĆmero? Maldecimos el atardecer por desvanecerse, reprochamos a una flor (que se marchita) por entregarse a la muerte, como si la belleza no fuera sagrada precisamente por ser breve.}
Al final, nos quedamos de pie, con el agua del tiempo rozĆ”ndonos el cuello, intentando atrapar la corriente entre las manos. Lloramos por lo que se escapa, sin ver la irĆ³nica justicia que se mantiene constante: solo podemos poseer aquello que hemos dejado en libertad.
Las cosas que fenecen no valen menos por su brevedad. Valen mƔs.
Tal vez tememos lo impermanente porque nos refleja, porque nos recuerda nuestra propia muerte inminente. TambiĆ©n nosotros somos destellos. TambiĆ©n somos arena. Y cuando el tiempo nos reclame, lo que quedarĆ” no serĆ” la mentira de la permanencia, sino la verdad de haber ardido, con fuerza, con fugacidad y sin pedir perdĆ³n por estar vivos ni sentir culpa por tener que morir.